Creció en mi mente un árbol. Creció hacia dentro. Sus raíces son venas, nervios sus ramas, sus confusos follajes pensamientos. Tus miradas lo encienden y sus frutos de sombras son naranjas de sangre, son granadas de lumbre. Amanece en la noche del cuerpo. Allá adentro, en mi frente, el árbol habla. Acércate, ¿lo oyes?:
Octavio Paz

Escombros y semillas

Ante los infortunios y los desastres, lo mismo los naturales que los históricos, los hombres han respondido siempre con actos y con obras. La religión, el pensamiento, el arte y la acción son nuestra respuesta a la universalidad del mal y de la pena. Los aztecas creían que esta edad del mundo estaba regida por el “sol del movimiento” y esta idea les dio ánimo para ver de frente y con entereza los terremotos, las erupciones volcánicas y las inundaciones; la creencia en la justicia y la misericordia divinas alivió a nuestros antepasados de la Nueva España e impregnó de sentido a las catástrofes y convulsiones naturales que padecieron; ahora los temblores del diecinueve y el veinte de septiembre nos han redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras élites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio. La sabiduría popular no es libresca ni moderna sino antigua y tradicional. Es una mezcla de estoicismo, silenciosa energía, humor, resignación, realismo, valor, fe religiosa y sentido común. Ese sentido que, precisamente por ser común, es comunal, comunitario. En suma, la sempiterna combinación humana que Santayana definió en uno de sus libros como “escepticismo y fe animal”. Yo más bien diría: escepticismo y fe vital, confianza en este mundo y en el otro.
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Los mexicanos han sido siempre grandes constructores y las distintas ciudades de México -la azteca, la novo-hispana y la del siglo XIX- nos han dejado monumentos admirables. Al otro día de la destrucción de la gran Tenochtitlan, el conquistador Cortés decidió, con esa mezcla de cálculo y de inspiración que era el fondo de su genio, edificar la nueva ciudad sobre los restos de la antigua. Los españoles utilizaron el trazo de México Tenochtitlan. Después, gracias sobre todo al impulso del gran virrey Don Antonio de Mendoza, lo adaptaron a la nueva estética de la que, un siglo más tarde, sería la Imperial Ciudad de México. Aunque en la construcción de conventos, iglesias y otros edificios públicos, la arquitectura de ese primer siglo novo-hispano refleja la diversidad de estilos que reinaba entonces en la península, el trazo de la ciudad y los principios urbanísticos que la fundaron son una traducción y una recreación de las ideas estéticas y filosóficas del Renacimiento, asimiladas por España.
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Feliz convergencia de dos geometrías urbanas, la azteca y la renacentista. Una fundada en la visión religiosa del espacio de los antiguos mexicanos, que dividían al universo en cuatro regiones correspondientes a los cuatro puntos cardinales, en el centro el eje solar del movimiento; otra basada en el neoplatonismo redescubierto por el Renacimiento, en el que la geometría es la forma de manifestación de las ideas y, así, la representación sensible de la armonía cósmica y la justicia divina. Para los grandes renacentistas la arquitectura ciudadana era la traducción terrestre y humana de las ideas eternas. Como a los otros pueblos del continente, nos fundó una utopía europea. La nuestra, a diferencia de la que formó a los Estados Unidos, no fue historicista, quiero decir, no estaba inspirada en las nociones de cambio y progreso sino en una visión intemporal de la perfección.
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Los siglos siguientes abandonaron las ideas renacentistas -proporción, regularidad, perspectiva, geometría: ordenpor otros estilos, unos más recargados y fantásticos, otros más regulares y fríos. Sin embargo, tanto la Edad Barroca como el Neoclasicismo respetaron el trazo de la ciudad. Después, lo mismo durante el periodo en que México fue gobernado por el general Porfirio Díaz como bajo los regímenes revolucionarios que lo han sucedido en la primera mitad del siglo XX, se construyeron edificios notables, sólidos y muchas veces hermosos. Pero nuestra ciudad comenzó a desfigurarse hace unos treinta años. Ha padecido un crecimiento frenético y canceroso que ha destruido casi totalmente su trazo y su fisonomía.
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Tres fuerzas nefastas se han confabulado para producir este colosal disparate que es hoy la ciudad de México. La primera ha sido el centralismo político, económico y cultural que, conjugado con el excesivo crecimiento de la población, engendró un hacinamiento humano contranatural. El centralismo comenzó en Teotihuacán hace más de dos mil años; después se trasladó a Tula primero y más tarde a México. Aquí ha sido azteca, español y mexicano. En su origen fue teocrático-militar y hoy es sobre todo político, ya que en el México actual la política domina a la cultura y a la economía. Constante a través de nuestra historia, alternativamente benéfica y fatídica como todas las grandes fuerzas históricas, la tendencia hacia la centralización se ha agudizado más y más desde 1950; este crecimiento ha sido paralelo al de una extensa y poderosa burocracia estatal con ramificaciones en todos los centros vitales de la nación. No es extraño que la doble acción del centralismo y la burocracia, ambos esencialmente autoritarios, hayan terminado por asfixiarnos y paralizar a sus mismos y directos beneficiarios: los gobernantes. En efecto, hay una relación directa entre la concentración del poder en un grupo y el centralismo: el excesivo crecimiento del segundo inmoviliza al primero.
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La segunda fuerza ha sido de orden económico: el espíritu de lucro de los empresarios e industriales de la construcción, que aprovecharon el auge relativo de este cuarto de siglo para entregarse a una especulación urbana desenfrenada e inescrupulosa, con la complicidad de la burocracia gubernamental. Así, en unos cuantos años, la ciudad se extendió de manera caótica y se cubrió con multitud de edificios no sólo feos sino inseguros. Por último, la megalomanía de los últimos gobiernos, empeñados en levantar en un parpadeo sexenal babilonias de cemento del tamaño de su vanidad. Los cimientos de esas moles estaban podridos como la moral de los que las erigieron. Justicia poética: mientras el temblor en unos pocos minutos echó por tierra esas construcciones alzadas por la vanagloria, la ambición y la codicia, los viejos edificios siguen en pie. Lo verdaderamente terrible ha sido el costo en sangre: las víctimas nos duelen más que las pérdidas materiales. La naturaleza y la historia son divinidades crueles y el desastre del diecinueve de septiembre debe verse como la conjunción de una fatalidad natural y un error histórico.
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Hoy nos enfrentamos a una tarea semejante a la del Virrey Mendoza: reconstruir la ciudad. Pero la palabra reconstrucción es engañosa pues no designa realmente la naturaleza de la tarea que nos espera. No se trata de repetir lo hecho sino de rectificar el curso ancestral de la historia de México. Creo que es el momento de iniciar en serio el proyecto de descentralización que figuró de manera prominente en el programa del Presidente de la Madrid y que fue uno de sus puntos más atractivos. Si algo puede unir a los mexicanos es, precisamente, esta idea. Cierto, es una tarea que, de llevarse a cabo, requerirá los esfuerzos de dos generaciones. No importa: este es el momento propicio para comenzarla. Si el Presidente, que se ha mostrado valeroso y sobrio ante el desastre, comienza de verdad a descentralizar, merecerá nuestra gratitud y la de nuestros descendientes. Al impulso centralista que ha animado nuestra vida social desde la época prehispánica debe suceder otro, hacia afuera, centrífugo, al encuentro de la provincia.
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En su origen México fue plural. El mundo precolombino fue una sociedad internacional de ciudades con culturas y lenguas distintas que el Estado Azteca no logró sujetar enteramente. El proceso de unificación de los aztecas fue continuado con éxito por el régimen hispano. Sinembargo, bajo la monarquía austriaca el centralismo fue menos absoluto y rígido que con los Borbones. El México independiente continuó en esto, como en tantas cosas, al despotismo ilustrado. Los liberales se dijeron federalistas, pero en verdad fueron, por influencia francesa, acentuadamente centralistas. Los gobiernos revolucionarios y postrevolucionarios han seguido la misma política de concentración de poder. Esto ha sido fatal porque en la provincia de México duermen muchas fuerzas que debemos despertar. Ese despertar, por lo demás, está escrito en el proceso histórico mismo de nuestra nación. La provincia está destinada a ser en el porvenir inmediato, como lo fue varias veces en el pasado, un protagonista central en la vida del país. Lo que no sabemos es si ese despertar será un desgarramiento, el comienzo de una rebelión en contra del Centro, como a veces se manifiesta ya en el Norte, o si será una conjunción. La descentralización conjurará los peligros de un cisma o, peor aun, los de una escisión. Es una empresa larga, como todas las que cuentan en la historia. También es una empresa impostergable.
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La reacción del pueblo de la ciudad de México, sin distinción de clases, mostró que en las profundidades de la sociedad hay, enterrados pero vivos, muchos gérmenes democráticos. Estas semillas de solidaridad, fraternidad y asociación no son ideológicas, quiero decir, no nacieron con una filosofía moderna, sea la de la Ilustración, el liberalismo o las doctrinas revolucionarias de nuestro siglo. Son más antiguas y han vivido dormidas en el subsuelo histórico de México. Son una extraña mezcla de impulsos libertarios, religiosidad católica tradicional, vínculos prehispánicos y, en fin, esos lazos espontáneos que el hombre inventó al comenzar la historia. Kropotkin y Santo Tomás, Suárez y Rousseau, suspendiendo por un momento sus disputas, habrían aprobado con una sonrisa conmovida la conducta del pueblo de México. El hecho de que los gérmenes democráticos no sean ideológicos sino que vivan sepultados en el alma colectiva, explica que la gente haya encontrado espontáneamente y con una suerte de lucidez sonámbula, en los días que siguieron al temblor, formas originales de organización, participación y acción conjunta. La acción popular recubrió y rebasó en unas pocas horas el espacio ocupado por las autoridades gubernamentales. No fue una rebelión, un levantamiento o un movimiento político: fue una marea social que demostró, pacíficamente, la realidad verdadera, la realidad histórica de México. O más exactamente: la realidad intrahistórica de la nación.
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Los gérmenes del renacimiento están en el origen. Son los de nuestro comienzo. Han sobrevivido a muchas desdichas y traiciones, a la seducción de la falsa modernidad y a las simplificaciones de las ideologías. Hay que preservarlos y vivificarlos; sería funesto que se desvaneciesen o volviesen a ocultarse. De ahí que sea indispensable que en la tarea de reconstrucción-rectificación, que será larga y penosa, participen todos los distintos grupos sociales. Tenemos que encontrar nuevas vías de participación popular. Es inaplazable, asimismo, que las autoridades oigan la crítica y acepten la fiscalización de la sociedad. Si el gobierno quiere reconquistar la confianza popular y no exponerse (y exponernos) a un estallido más grave y profundo que el temblor, debe mostrarse más abierto y flexible. El gobierno no es una fortaleza sino un lugar de encuentro. No pido que abdique de su autoridad sino que la comparta, que sea más atento y sensible a las voces de los que están fuera. El temblor sacudió a México y, entre las ruinas, apareció la verdadera cara de nuestro pueblo: ¿la vieron los que están arriba?
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Hay otros temas sobre los que es urgente discutir y ponerse de acuerdo. Menciono, de paso, algunos. En primer término, hay que encontrar las formas institucionales, jurídicas y políticas que aseguren la participación popular en la administración del fondo de reconstrucción. Esto es esencial porque los escándalos financieros de la administración anterior han quebrantado la confianza popular en el régimen. Lo mismo digo de los aspectos técnicos y estéticos de esta inmensa tarea. Es imposible que la burocracia se convierta, como ha ocurrido con frecuencia en el pasado reciente, en la dictadora del gusto público. Hay ya mucha pesadez y desmesura en nuestros edificios públicos y demasiados adefesios escultóricos en las plazas y parques de México. El arte oficial no es menos deletéreo que las fugas de gas: envenena la sensibilidad y la imaginación.
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Otro asunto sobre el que no es ocioso detenerse: la ayuda del exterior. Ha sido notable y generosa. Los mexicanos nos hemos sentido, casi siempre con razón, solos en el mundo, como si nuestro país fuese un suburbio de la historia mundial. Este justificado sentimiento de soledad histórica se expresa muchas veces como menosprecio y vilipendio de lo propio y admiración beata ante lo de fuera; otras, al abajamiento y a la autodenigración suceden el resentimiento y una vanidad nacionalista que sería ridícula únicamente si no fuese también suicida. Al otro día del temblor, algunos funcionarios declararon que México ni pedía ni necesitaba la ayuda internacional: teníamos recursos suficientes para hacer frente al desastre. La estupefacción de propios y extraños, así como el peso terrible de la realidad, los obligó a cambiar velozmente de actitud y de lenguaje. Sería lamentable que hoy otros tratasen de minimizar la ayuda internacional. Debemos conservar a nuestros amigos del exterior. Las pasiones falsamente nacionalistas son, como las ideologías, vidrios deformantes, sobre todo en las relaciones internacionales.
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La suerte de las ciudades en el siglo XX ha sido desastrosa: unas arrasadas por las bombas, otras deformadas y deshonradas por la industria, los automóviles y una loca demografía. Ciudades congestionadas, contaminadas y convertidas en gigantescas, inhumanas y crueles aglomeraciones. En esto han terminado las utopías arquitectónicas de los Gropius, Lloyd Wright, Le Corbusier, Aalto. En el momento en que se tracen los planos de reconstrucción, es imperativo que nuestro gobierno escuche, por una parte, las críticas y orientaciones del movimiento ecologista y que, por otra, consulte a nuestros arquitectos. Algunos de ellos son excelentes y se encuentran entre los mejores del mundo. También hay que oír a los artistas, a los poetas y, sobre todo, a nuestro pueblo, que ha sido y es el gran artista de México. Es claro que la mayoría de los espacios ocupados por los inmuebles derruídos tienen que transformarse en parques y jardines. Muchas industrias -entre ellas la refinería de Atzcapozalco- deben ser trasladadas a otros lugares. Las universidades metropolitanas han crecido de una manera monstruosa y este crecimiento, en conjunción con la política y la burocracia, las han vuelto más y más ineficaces. Deberán dispersarse en el territorio nacional y recobrar sus dimensiones humanas. Pero ya Enrique Krauze se ocupa de este tema y otros semejantes en el artículo que publica en este mismo número de Vuelta. Aquí sólo destaco algo que me parece central y que ha sido el eje de estas reflexiones: el pueblo mexicano, a las pocas horas del sismo, se manifestó en una acción fraternal y espontánea de autoorganización democrática. Las raíces comunitarias del México tradicional están intactas. Fue un espectáculo admirable y sobre el que deberían reflexionar nuestros gobernantes y todos aquellos que, como muchos de nuestros intelectuales, son idólatras del Estado. La enseñanza histórica y social del sismo puede reducirse a esta frase: hay que devolverle a la sociedad lo que es de-la sociedad.
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Acción y meditación: estas son las dos maneras complementarias con que los hombres han dado la cara a la adversidad natural. A veces la meditación se vuelve disputa filosófica, controversia sobre el sentido de palabras como necesidad y libertad, mal y bien. Esto fue lo que ocurrió después del terremoto de Lisboa en 1755 y no necesito recordar el poema de Voltaire y los ensayos de otros filósofos de esa época. Otras veces, la destrucción física se vuelve creación literaria, como La Ginestra, el poema de Leopardi, o relato histórico, como la carta que Plinio el Jovenescribió a Tácito contando la muerte de su tío, Plinio el Mayor, durante la erupción del Vesubio en 79 A.C. El desastre natural nos enfrenta a las preguntas sin respuesta: ¿Dios es un creador maligno, el Mal es inseparable de la existencia, la Naturaleza no tiene dirección ni sentido, creación y destrucción, libertad y necesidad, muerte y vida son términos intercambiables y sin sentido? Los pueblos contestan a estas preguntas no con razones sino con actos y obras, plegarias y pensamientos.
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Cuatro días después del temblor del diecinueve de septiembre releí un poema de Wallace Stevens, Esthétique du Mal, que me había impresionado cuando, hace ya muchos años, lo leí por primera vez. Stevens es el único poeta realmente filosófico que han dado los Estados Unidos en este siglo, ya que en Eliot predomina el acento religioso. Esthétique du Mal es un poema de más de trescientos versos, en el que el poeta norteamericano trata de reconciliarse y reconciliarnos con la realidad, es decir, con las cosas terribles de este mundo y con nosotros mismos. Cada hombre y cada pueblo son un tejido inextricable de mal, pena y desdicha pero también de placer físico, emociones generosas, alegrías mentales, geometrías de la imaginación. Todo iluminado un instante por el “verde centelleo del maíz en el calor de agosto”. La primera parte del poema ocurre, real y espiritualmente, frente al Vesubio. Stevens alude a su lectura de un libro “sobre lo sublime”; quiero creer que se trata de un volumen de Plinio y de la carta en la que el joven romano relata a su amigo Tácito la erupción del volcán y la muerte de su tío el gran naturalista. He traducido esta primera parte como un ejercicio de meditación ante nuestro desastre. Los hombres somos la conciencia del destino y gracias a nosotros la naturaleza vislumbra algo de sí misma. Por nosotros ella sufre y piensa:
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Estaba en Nápoles y escribía a su gente.
Entre una carta y otra leía párrafos
sobre lo sublime. El Vesubio había gruñido
un mes. Era agradable estar ahí sentado:
cálidos fulgores trazaban ángulos de llamas
sobre los cristales. Por ser un ruido antiguo
podía describir el terror de ese ruido.
Recordó las frases: pena audible al mediodía,
pena que a sí misma se apena, pena
que mata penas en el ápice de la pena.
El volcán trepidaba en otro éter
como al fin de la vida el cuerpo tiembla.
Casi la hora del almuerzo. La pena es humana.
Rosas en el fresco café. En su libro
estaba escrita la perfecta catástrofe.
Si no fuese por nosotros, el Vesubio, sin pena,
con fuego sólido consumiría estas tierras extremas.
No sabe que los gallos cantan al morir.
Ante esta faz de lo sublime, huímos.
Y sin embargo, si no fuese por nosotros

nada sentiría el pasado entero al ser destrido.


Octavio Paz
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Revista Vuelta no. 108, México 1985
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