El 19 de noviembre de 1964 salió por primera vez a la calle le Nouvel Observateur, la mayor de las revistas.francesus de gran circulación. El año pasado, para celebrar sus treinta años de vida, el semanario que dirige Jean Daniel recordó que Máximo Gorki había recabado (en una publicación confidencial que apareció en Moscú el 18 de julio de 1936) el testimonio de treinta grandes escritores sobre una jornada particular: la del 27 de septiembre de 1935, y volvió a poner en práctica la idea. 240 autores de todo el mundo describen lo que hicieron, leyeron, pensaron, vieron, sintieron el 29 de abril de 1994. Entre esos testimoniosfiguran los de muchos amigos y colaboradores de Vuelta: Fernando Arrabal, Guillermo Cabrera Infante, Fernando del Puso, Jorge Edwards, Juan Goytisolo, Milan Kundera, Javier Marías, Alvaro Mutis, Heberto Padilla, Octavio Paz, Claude Roy, Jorge Semprún, Philippe Sollers, Tzvetan Todorov, Mario Vargas Llosa Recogemos los de tres de ellos cuya jornada transcurrió en México: Octavio Paz, Alvaro Mutis y Fernando del Paso.La mañana transcurrió como las otras. A la hora del desayuno, la obligada lectura de los diarios. ¿Costumbre, rito, vicio? Invariablemente comienzo a leerlos con una vaga esperanza e invariablemente termino con disgusto y cansancio. La droga de la novedad se ha apoderado de los espíritus y acabará por idiotizarnos a todos. Nada ni nadie puede satisfacer nuestra sed de novedades, porque la novedad cambia sin cesar y sin cesar renace. Apenas la conocemos, se disipa e inmediatamente después, con la misma celeridad, reaparece en otra que va a substituirla
por unas cuantas horas. La sed de novedades es una forma degradada de la sed de eternidad que padece el tiempo. Leemos cada mañana el diario con la ilusión de encontrar esa Noticia que acabará con todas las noticias y que es el equivalente moderno de la Revelación de las religiones. En mi juventud la Noticia se llamaba revolución, una quimera que encarnó una y otra vez en despotismos carniceros. Después se llamó paz; pronto descubrimos que cada tratado y cada armisticio llevaba otra guerra en el vientre. Cuando dejaron de matarse en el Golfo Pérsico, se encendió el fuego en los Balcanes. La novedad no es sino la combinación más o menos inédita de hechos y situaciones del pasado. El conflicto de 1994 en Serbia, Croacia y Bosnia nos remite a 1914, el año fatídico. No sé si la historia es recurrente pero es innegable que abunda en repeticiones y cacofonías. El mal es monótono y por esto se presenta bajo la máscara de la novedad.
por unas cuantas horas. La sed de novedades es una forma degradada de la sed de eternidad que padece el tiempo. Leemos cada mañana el diario con la ilusión de encontrar esa Noticia que acabará con todas las noticias y que es el equivalente moderno de la Revelación de las religiones. En mi juventud la Noticia se llamaba revolución, una quimera que encarnó una y otra vez en despotismos carniceros. Después se llamó paz; pronto descubrimos que cada tratado y cada armisticio llevaba otra guerra en el vientre. Cuando dejaron de matarse en el Golfo Pérsico, se encendió el fuego en los Balcanes. La novedad no es sino la combinación más o menos inédita de hechos y situaciones del pasado. El conflicto de 1994 en Serbia, Croacia y Bosnia nos remite a 1914, el año fatídico. No sé si la historia es recurrente pero es innegable que abunda en repeticiones y cacofonías. El mal es monótono y por esto se presenta bajo la máscara de la novedad.
La guerra es nómada y visita a todos los países, sin avisar nunca cuándo y cómo llegará. En México también tenemos una guerra. Estalló el primero de enero y duró cinco días. Desde el principio fue una guerra librada más en los medios de comunicación que en los campos de batalla. Las negociaciones se iniciaron hace cerca de cuatro meses; han sido largas y, en cierto modo, irreales. Digo irreales porque, en muchos de sus aspectos, este conflicto colinda con la literatura fantástica. Por una parte, no se sabe a ciencia cierta en qué consisten las diferencias y qué es lo que interesa efectivamente a los insurgentes: ¿satisfacer las justas aspiraciones de las comunidades indígenas de esa región o llevar a cabo una reforma revolucionaria de la República y de sus instituciones? Por otra parte, los insurgentes se presentan enmascarados y bajo nombres de guerra, como si fuesen personajes de una opereta romántica. Esta sensación de irrealidad (¿presenciamos un hecho histórico o una pieza de teatro?), se ha intensificado en las últimas semanas por el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI, el partido gubernamental, a la Presidencia. Nuestra perplejidad ante los enmascarados de Chiapas se ha transformado en espanto ante el crimen político: ¿quiénes fueron los autores intelectuales? ¿Para qué y por qué? Preguntas hasta ahora sin respuesta y que, muy probablemente, nunca la tendrán. En unos cuantos meses hemos pasado de una representación política más o menos incoherente, como todas las de la historia, a un rompecabezas insoluble, como la mayoría de los magnicidios. Los enigmas se acumulan y las preguntas se multiplican. Todo se resume en una interrogación: ¿vivimos un periodo de transición hacia una verdadera democracia o los brotes de violencia física y verbal de estos meses son el preludio de turbulencias mayores?
Si de la vida pública paso a la privada, tampoco encuentro nada que valga la pena contar. Llamadas telefónicas, cartas, corrección de pruebas de un libro en prensa, composición del número próximo de la revista Vuelta y, en una media hora arrancada al barullo cotidiano, un vistazo a las Rimas de Lope de Vega, reeditadas hace unos meses en España. El libro apareció por primera vez al comenzar el siglo XVII, cuando Lope tenía cuarenta años bien cumplidos. Está compuesto por unos doscientos sonetos, casi todos dedicados a Lucinda (su amante, la actriz Micaela de Luján.) Góngora es más brillante y perfecto, Quevedo más denso y hondo, pero el gran poeta español del amor humano es Lope. Es uno de los astros de esa constelación de la poesía amorosa en la que brillan también Ronsard y Donne. Los treinta minutos robados al trajín diario fueron como un rápido paseo por un parque al que volvemos después de muchos años: reconocemos una arboleda o una pérgola con una estatua, descubrimos un senderillo de arena bordeado de una doble hilera de chopos y que termina en una fuente rústica. Cerré el libro y repetí entre dientes: “Ir y quedarse y con quedar partirse...”
Las fronteras entre la vida privada y la pública, entre la historia y la biografía de cada uno, son indecisas y fluctuantes. Aunque hay un continuo cruzamiento entre ellas, jamás se funden. Mi amigo Pere Gimferrer, el poeta catalán, me escribe contándome que un erudito ha logrado determinar la fecha en que Swann y Odette “hicieron catleyas” por primera vez en aquel hotelito de la rue de La Perouse: fue el día de la muerte (¿o del entierro?) de Gambetta. No estoy muy seguro de que el dato posea alguna significación: la muerte de Gambetta se inscribe en la historia moderna de Francia, mientras que el encuentro entre Swann y Odette es un episodio capital -culminación y caída- en la historia de una pasión. Las pasiones tienen historia, es decir, un principio y un fin, pero no tienen fechas; tampoco lugar determinado: suceden en cualquier parte. El hecho público tiende a consagrar una fecha: el 14 de julio, el ll de noviembre, el 16 de septiembre. En cambio, al hablar de su amor londinense, Apollinaire no menciona una fecha sino una atmósfera: “Un soir de demi-brume...” Góngora tampoco: “Era del año la estación florida. .”
Los sucesos de nuestra vida íntima (hablo de aquellos que nos marcan para siempre: amor, separación, muerte, odio, encuentro, éxtasis) no pertenecen al reino del calendario sino al del instante. Reino movedizo y cuyos dominios están más en el tiempo que en el espacio. Lo que pasa en un instante puede suceder aquí o allá, pero pasa ahora. El instante es tiempo rebelde a las fechas. Fugitivo del calendario, ocurre a todas horas y en todas partes. Es el tiempo en su expresión más intensa; y por esto mismo, también es nuestra única ventana hacia el no-tiempo: la duración que no transcurre. Las puertas del instante son dobles: se abren hacia la sucesión y hacia lo intemporal. Asimismo, aunque se confunde con nuestra intimidad más nuestra y secreta, el instante es impersonal: esto que hoy me sucede a mí -amor, desdichatambién le sucedió al poeta Meleagro, al clérigo Pedro, a Juan el carpintero y a Lola, la estudiante de medicina. Tiempo y no-tiempo, intimidad que comparten todos los hombres y las mujeres, el instante es evanescente. Llega sin aviso y sin aviso nos abandona. Es lo más nuestro y lo más ajeno, lo que me pasa a mí y a todos. Es lo que pasa. Tejido vivo de la historia, es su reverso: gracias al instante, los siglos pesan menos y el pasado no nos aplasta. El instante perfora el tiempo y nos libera de la cadena de los días, los meses y los años. Por todo esto no puede haber ni periodismo ni crónica del instante. Mejor dicho, las crónicas del instante son ciertos poemas y algunas novelas. Crónicas que cuentan algo único, irrepetible y que pasa sólo una vez. Crónicas que, todas ellas, dicen lo mismo... La noche ha caído sobre la terraza.
Octavio Paz
Febrero de 1995
Luz última, casi póstuma: todo parece inmovilizarse por un instante, antes de desaparecer en la noche. Desde mi ventana veo la pequeña terraza: las azaleas blancas, el fulgor apagado de la bugambilia, las diminutas naranjas, el abanico de los verdes, la hiedra sobre el muro, los ladrillos rojos del piso, la sombra inmensa del edificio vecino. Un rectángulo de silencio rodeado por el rumor incesante y monótono de la ciudad. Momentánea inmovilidad: dentro de poco las azaleas y los helechos, la mesita y las sillas serán fantasmas, bultos informes. Siento la vaga angustia que, desde mi infancia, me sobrecoge ante los rápidos crepúsculos del Valle de México. El día se acaba y yo sigo en espera. Le prometí a Jean Daniel escribir para Le Nouvel Observateur una crónica del 29 de abril de 1994, pero nada de lo que he visto, oído o pensado me parece digno de retener la atención de ese lejano lector que, dentro de unos meses, va a leer estas líneas en otra lengua y en una ciudad extraña.
Me despertó temprano el canto del pájaro que cada mañana visita nuestra terraza. El otro día lo vi, en la madrugada indecisa: posado en una rama que se balanceaba ligeramente, desafiaba al gato que, desde abajo, lo acechaba. ¿Es realmente el mismo pájaro? No lo sé. En todo caso, su canto es el mismo. 0 a mí me lo parece. Pero tal vez, aunque cante la misma tonada, es otro pájaro. No solamente ignoramos qué dicen los pájaros, sino quién, qué pájaro lo dice. Mi duda se ahoga en el estruendo sordo de los autos: el rechinar de unos frenos, la estridencia de un claxon, el mugido de un motor, la sirena de una ambulancia lejana. Ruidos confusos que certifican la realidad de este mundo. Su realidad, no sus formas. Un delgado rayo de luz que se cuela entre los pliegues de la cortina me ayuda a reconstruir su figura: reconozco mi contorno y me reconozco. Este cuarto es mi cuarto y el cuerpo que respira a mi lado es el de mi mujer. Todos los días hay que recrear al mundo y, al recrearlo, crearnos a nosotros mismos. Cotidiana resurrección universal que comenzó con el primer hombre y que terminará con el último. Con ella principia y con ella acaba nuestra historia. Sobre la mesita, eterno insomne, el reloj interrumpe mi divagación y me avisa: ya es hora. Extraña expresión: ¿hora de qué? El día comienza con una pregunta. Sin intentar siquiera contestarla, acepto la orden: sí, ya es hora.
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